EL FÚTBOL Y LA POLÍTICA: RENOVARSE Y RESPETO INSTITUCIONAL

El fútbol, esa pasión tan española, que sirve de descompresor de los problemas ciudadanos, es a la vez, como lo fuera en la antigüedad la guerra, una muestra de estrategias que son en cierto modo trasladables con sus limitaciones, claro está, a la vida política o incluso a la cotidiana. Por un lado vemos que los equipos cambian de entrenador, de jugadores y muchas veces de sistema de juego, manteniendo su filosofía  como equipo pero renovándola, a veces reinventándolo y con ello logrando sus objetivos.

 No es anormal en el mundo futbolístico cambiar de entrenadores y con ellos de sistema. En el mundo de la política, y en muchos ámbitos civiles (sociales, económicos), está mal visto hacer las cosas de otra manera, aconsejarse de quienes tienen otra forma de ver las cosas e incluso de ejecutarlas y se llega al extremo –que oyes en la calle- de no pensar en la ciudadanía, ni en el votante, ni incluso en el propio partido, para pensar exclusivamente en la silla, en el egoísmo y en un triste hoy, en vez de un feliz mañana.

Cuando te paras con numerosos ciudadanos, y todos coinciden en ver en la política una traba, y no la solución a los problemas tal y como reflejan por otro lado las encuestas, en estos casos renovar se convierte no en una oportunidad, sino en una necesidad para recuperar la credibilidad esencia de la política. Cuando juegas de una manera y no funciona la táctica hay que cambiarla, porque si intentas atacar siempre por el centro como un ariete cargando de frente, a veces es mejor probar otras alternativas, no terminar siempre contra el muro que supone la defensa rival. Si por ejemplo tienes un “rival” político que sabes utiliza siempre una misma estrategia, intenta cogerle con el pie cambiado, para quebrar con esa estrategia y así poder conseguir derrotarla. Enrocarse en hacer siempre lo mismo, de la misma manera, con las mismas personas, supondrá un perjuicio general para el “equipo”, y por ende para la institución.

En las últimas horas hemos leído la polémica por la salida de la vuelta ciclista a España desde la ciudad de Vigo. Cierto que Abel Caballero no ayuda nada, es una persona que como él reconoció en el diario El País el pasado domingo, busca el enfrentamiento como fórmula de rédito electoral, y por ello, porque no oculta su carácter, hay que ser especialmente cuidadoso en el actuar. Como dije, “dos no se pelean si uno no quiere”, pues esto es lo que ha pasado con la Vuelta. Caballero era claro iba a utilizar cualquier oportunidad para liarla y así ha sido, pero dado que es el Alcalde de la ciudad se debe tener un respeto institucional con lo que su figura representa, porque aun cuando la zona de la salida sea terreno portuario, no deja de ser Vigo. Como hubiese actuado yo: le hubiese remitido la invitación por Registro del Concello, invitándole como en el caso del Alcalde de Pontevedra a cortar la cinta (no pasa nada por cortar varios trozos, se hace en muchos sitios), y si es él el que voluntariamente la intenta liar como se dice en las redes sociales, haría público ese documento registrado retratando al personaje en cuestión.

Como vigués entiendo que el Alcalde de la ciudad tiene su representatividad y que no debe de jugarse a la política dejando la imagen de la ciudad a la altura del betún. Soy vigués, quiero esta ciudad y creo que estoy legitimado como ciudadano y votante a pedir a todas las Instituciones un respeto para mi ciudad, y como dice el dicho “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan (o que te hacen) a ti”. Es una manera de dar una lección. Como dijo Oscar Wilde: “Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que le enfurezca más.” En este caso haber forzado al señor Caballero a participar le hubiese enfurecido más que darle la oportunidad de mostrarse en la ciudad como mártir, primero porque no lo es, y segundo porque es lo que a él le interesa.

Termino diciendo que al igual que el Real Madrid no juega con Gento, o Butragueño o Di Stéfano, o es entrenado por Molowny, ni su presidente es ya  D. Santiado Bernabeu, debemos acostumbrarnos a que en política haya renovación, cambios, nuevas formas de hacer y de decir y con ello ganaremos en higiene democrática y en una mejor visión de la política.

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