LA INFANTA NEONATA Y LA NACION

Hoy asistimos a uno de esos acontecimientos que muchos califican de histórico, y al que no le voy a negar su trascendencia, sobre todo en lo social y en lo político. A nadie se escapa la felicidad que supone el nacimiento de un hijo, pero en el caso de la infanta neonata lo es por partida doble: por la propia felicidad de los padres, y por el significado político que el mismo tiene como símbolo de la continuidad de la línea dinástica sucesoria marcada para nuestra monarquía parlamentaria. Esto último además posee a mi juicio una doble significación que representan valores propios de un sistema constitucional: la continuidad y la estabilidad.
Esos valores representan la permanencia de una Nación, la conservación de esos valores de continuidad y estabilidad de las instituciones suponen también que el futuro no sea circunstancia propia del arbitrio, que el arbitrio sólo lo apliquemos a nuestras vidas, pero que las instituciones democráticas, la Nación, el Territorio y en definitiva nuestros derechos y deberes no dependan de quien en un determinado momento gobierne si no de todos, y dicha estabilidad y continuidad de una institución como la monarquía, símbolo de la unidad de los españoles, reafirma la necesidad de perdurabilidad en el tiempo de nuestra, porque lo es, Constitución.
Esperemos que este feliz acontecimiento haga reflexionar al presidente del gobierno, y éste por fin se de cuenta de que algunas cosas no se deben tocar, al menos por lo que pueda pasar. Si la estabilidad territorial del Estado no es cuestión baladí, al menos que sea reconocida y defendida. Dicen que “los niños vienen con un pan debajo del brazo”, esperemos que, dado lo especial del nacimiento, Leonor venga con la continuidad de una única Nación la española, y de sus correspondientes nacionalidades históricas y regiones, dando así continuidad y estabilidad a nuestro País.

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